El 26 de diciembre de 2004 Víktor Yúshchenko,
ex primer ministro y partidario de reformas de mercado y de un mayor
acercamiento a Occidente, se proclamó vencedor en la segunda vuelta de las
elecciones ucranianas. Sin embargo, el candidato derrotado, Víktor Yanukóvich,
denunció numerosas irregularidades en dichos comicios del mismo modo en que Yúshchenko
lo había hecho con respecto a las elecciones previas, celebradas el 21 de
noviembre de 2004, y que fueron anuladas por el Tribunal Supremo,
contraviniendo así una decisión anterior de la Comisión Electoral Central, que
había proclamado a Yanukovich vencedor en los comicios con el 49.4 por ciento
de los votos frente al 46.6 por ciento de Yúshchenko.
En esa ocasión, ni Yúshchenko ni los
gobiernos occidentales que le apoyaban aceptaron los resultados de las
elecciones y acusaron al gobierno ucraniano de perpetrar un fraude electoral.
Debido a esto, Yúshchenko animó a sus seguidores a manifestarse en las calles.
Éstos ocuparon la Plaza de la Independencia en Kiev y bloquearon los
principales edificios gubernamentales durante casi dos semanas. Las
manifestaciones de miles de ucranianos fueron denominadas como “La Revolución
Naranja” (debido al color de las ropas que llevaban los seguidores de Yúshchenko)
por los medios de comunicación internacionales y recibieron una cobertura regular y en vivo en la televisión.
La presión extranjera no se hizo esperar.
La Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) declaró que
las elecciones de Ucrania no habían respetado las normas internacionales; la
organización estadounidense Freedom House llamó a los gobiernos extranjeros y a
las organizaciones intergubernamentales a condenar el fraude; la Unión Europea
pidió una revisión de los resultados; el National Democratic Institute anunció
que reconocía la legitimidad del escrutinio; el secretario de Estado, Colin
Powell, anunció que Estados Unidos no reconocía el resultado de la elección. El
apoyo a Yanukovich tampoco se hizo esperar. Los presidentes de Rusia y
Bielorrusia felicitaron a su candidato.
Ante las movilizaciones dirigidas por Yúshchenko
y la presión internacional, el 25 de noviembre la Suprema Corte decidió no
publicar el resultado definitivo de los comicios. El mandatario polaco, Kwasniewski,
después de haber denunciado el resultado oficial, propuso servir de mediador
entre los dos candidatos. Éstos pactaron la repetición de la elección y el
Parlamento declaró inválida la votación. Yúshchenko pidió calma a sus
seguidores, que habían tomado algunas instalaciones del gobierno durante varios
días y, el 9 de diciembre, la burocracia kieviana regresó a sus labores.
Aunque el New York Times afirmó que Yúshchenko
era el candidato “liberal” y el Wall Street Journal lo denominó como el
candidato “democrático”, al tiempo que Yanukovich era presentado como un
“fascista”, la realidad es bastante diferente. Las fuerzas nacionalistas que
apoyan a Yúshchenko incluyen formaciones que apoyaron al ejército de Hitler
cuando éste invadió la Unión Soviética entre los años 1941-1944. Decenas de
miles de ucranianos occidentales colaboraron entonces con las tropas nazis o
incluso sirvieron como voluntarios en la 4º División de Granaderos de las
Waffen SS “Galitzien”.
En junio de 2004, Yanukóvich garantizó a su socio el
derecho de comprar el consorcio estatal de acero Kryvorizhstal por 800 millones
de dólares. Por su parte, la U.S. Steel ofreció 1.5 mil millones de dólares.
Una vez que la Revolución Naranja llevó al poder a Yúshchenko, Kryvorizhstal
fue nuevamente nacionalizada y administrada por directores vinculados al Banco
Privat Bank, una institución considerada cercana a la entonces primera ministra
Yulia Timoshenko. Kryvorizhstal fue privatizada en octubre de 2005 y vendida al
gigante anglo-hindú Mitral Steel por un precio de 4.81 mil millones de dólares.
Así, la Revolución Naranja fue organizada y financiada por Washington y en
menor medida por países europeos para facilitar una reestructuración económica
a instancias de las corporaciones transnacionales. Yúshchenko fue elegido y
apoyado por EU debido a que llevó a cabo reformas de mercado limitadas durante
su función como primer ministro en el gobierno de Kuchma de 1999 a 2001.
Otro aspecto de la privatización fue realizado por
Timoshenko, quien intentaba que tres mil empresas vendidas por debajo de su
valor en la época de Kuchma se renacionalizaran y fueran otra vez revendidas.
Pero Yúshchenko despidió a Timoshenko del puesto de primera ministra en
septiembre de 2005. Luego ella buscó con el presidente ruso Vladimir Putin,
cuyo gobierno estaba preocupado de que el giro de Yúshchenko hacia Occidente
disminuyera la influencia de Moscú sobre la industria ucraniana. Cuando Rusia
aumentó el precio del gas natural a Ucrania en enero de 2006, no sólo
desestabilizó al gobierno, sino que además significó una fuerte presión para
los opositores a Timoshenko en el este para no alinearse al presidente Yúshchenko.
La escisión entre Yúshchenko y Timoshenko expresó la realidad de la Revolución
Naranja, evidenciándola como la acción de un sector de la élite ucraniana que
se había ofrecido a Occidente, básicamente a Washington y a los negocios
internacionales, para gestionar sus intereses y a la vez obtener grandes
riquezas para sí.
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